reflexiones y consejos para quien quiera partir
Si están leyendo este artículo significa que son soñadores. Y como todos los soñadores, al menos una vez en sus vidas han fantaseado con renunciar a todo y marcharse por un período largo o incluso indefinido. Sin embargo, al final, no han tenido el coraje de dar el gran salto. Seguramente han perdido una gran oportunidad, pero no se preocupen, siempre hay tiempo para remediar.
Aclaremos inmediatamente un punto fundamental. A veces, cuando conozco a otros viajeros como yo, personas que han tenido experiencias importantes, viajes largos o aventuras extremas, pasa que me sienta incómodo. Este malestar surge cuando mi interlocutor me hace sentir como si fuéramos miembros de una secta de iluminados. La idea de que quienes llevan una vida estándar y regular sean estúpidos y quienes desafían el sistema hayan alcanzado el Nirvana, es un concepto que no me pertenece y que absolutamente no comparto. No existe “correcto” ni “incorrecto”. Nadie es el depositario de la verdad y puede decirles cómo vivir sus vidas. Todos somos diferentes y, como tal, la fórmula mágica que funciona para algunos puede no funcionar para otros. Lo único que realmente importa es sentirse feliz. ¿Están felices? Entonces todo está bien. ¿No es así? Quizás valga la pena hacerse algunas preguntas.
Afortunadamente, estas situaciones incómodas no ocurren con tanta frecuencia. Los grandes viajeros suelen ser personas extremadamente positivas, con una mente abierta, sin límites ni creencias de superioridad.
Mi intención, por lo tanto, no es convencerlos de que viajar de mochilero durante meses sea el camino hacia la iluminación. Mi único propósito es invitarles a conocer una nueva experiencia que casi siempre revoluciona la vida de quienes se atreven a intentarlo.
El primer obstáculo para cualquiera es el miedo. Miedo de no saber cómo organizar y gestionar semejante aventura, miedo de fantasmagóricos peligros o imprevistos que puedan resultar irresolubles. De hecho, quienes tienen experiencia en este campo saben bien que el único gran miedo que se debería tener es cómo acostumbrarse a la vida de antes una vez regresados a casa.
Tener miedo de algo nuevo que no se conoce es más que normal, es parte de la naturaleza humana. De la misma manera, estamos acostumbrados a subestimarnos a nosotros mismos, dado que, si nosotros mismos no nos ponemos a prueba, nunca podremos averiguar lo que somos realmente capaces de hacer.
Desde el punto de vista organizativo, suena absurdo, pero es mucho más difícil planificar un viaje de 10 días que uno de 6 meses. De hecho, cuando se dispone de poco tiempo, es necesario identificar y establecer cuidadosamente los puntos de interés que visitar, los movimientos necesarios, los medios de transporte y el alojamiento, sin descuidar ningún detalle. Esta es la forma de viajar del turista, y no lo digo con sentido negativo, sino todo lo contrario. A mí también me pasa de viajar como turista. Para mí, un viaje de unos días significa aprovechar cada minuto.
La situación es bastante diferente cuando el tiempo no representa un obstáculo, sino que por lo contrario se convierte en nuestro principal aliado y amigo. Esta es la suerte del viajero. No sirve más organizar todo. Por supuesto, hay que crear un itinerario aproximado, dando importancia a los lugares que no se quieren perder, pero todo lo demás se revela por el camino, con una naturalidad impactante. El viaje no es más un evento extraordinario o unas vacaciones largamente esperadas, sino la vida misma, una cotidianidad sincera que abruma los sentidos y despierta el alma.
Seguro habrán escuchado y oído muchas veces el concepto de slow travel, tan de moda en los últimos años. Para los pocos que aún no saben de qué se trata, es simplemente un himno a viajar despacio, una invitación a escucharse si mismo y a conocer cada destino de una forma más profunda. En resumen, nada nuevo. El punto, sin embargo, es que cuando lo probamos de primera mano, nos damos cuenta de que nuestro “apuro” tiene sus raíces en nosotros, en la vida cotidiana, no solo en nuestras vacaciones. No somos capaces de disfrutar el momento, hacemos mil cosas al mismo tiempo sin realmente prestar atención a ninguna de ellas.
Empecé a viajar de mochilero durante meses hace 20 años, cuando ninguno de mis conciudadanos lo hacía todavía, a diferencia de los jóvenes norte europeos que, desde siempre, viajaban solos durante largos períodos. Todos me miraban como si estuviera loco. No había redes sociales, ni siquiera smartphones con los que comunicarse con la familia. Para avisar que todavía estaba vivo, tenía que ir a un locutorio o internet point para enviar un correo electrónico. En los años siguientes, estos centros habían evolucionado cambiando a llamadas de Skype, un truco tecnológico que en ese momento parecía ciencia ficción. No había Google maps, usaba mapas de papel, además del método siempre válido de pedir información a los pasantes.
Hoy, por supuesto, todo es más sencillo, pero un poco menos aventurero. Los imprevistos pasan, es inevitable, pero muchas veces son precisamente los que dan vida a vuestras aventuras y luego son recordados con mayor ironía.
Lo que he aprendido en todos estos años es que las situaciones incómodas son las que llevan a las mejores sorpresas. La comodidad lleva a recostarse, a detenerse, a no cuestionarse y sobre todo a no sobrepasar los límites.
La verdadera riqueza se obtiene investigando. Ser siempre curiosos, abrirse a diferentes culturas, conduce a la abolición de todos los miedos, porque solo tememos lo que no conocemos. Mi recomendación para todos, especialmente para los más jóvenes, es estudiar idiomas, salir de sus países y disfrutar del mundo. Un idioma es la clave para entrar en una realidad diferente a la nuestra, para aprender, crecer y superarse.
Salir durante meses lleva a viajar de una forma más auténtica. Hay dos aspectos fundamentales que realmente marcan la diferencia:
– El primero es el acercamiento a los demás y a lo que nos pasa. Descubrirán que, en el viaje, como en la vida cotidiana, enfrentar cada situación con positividad cambia todo por completo. Ver el vaso medio lleno y aprender a reírse de sus proprias desventuras es lo que marca la diferencia entre ser feliz y vivir esperando que esa felicidad llegue.
– El segundo es el de sumergirse en cada destino. No ser observadores externos y privilegiados, sino colocarse al mismo nivel de los habitantes del lugar. Vivir el país como y con ellos, compartiendo medios de transporte, alimentación, hábitos y, por qué no, incluso ropa. Para ser más claros, viajar en un camión desvencijado con una gallina prácticamente encima, nos hace más simpáticos y por lo tanto más en sintonía con los nativos bolivianos en lugar de bajar de un bus turístico, tomar dos fotos y marcharse.
Incluso si no conocen el idioma local, aprendan siempre un par de frases que puedan ser útiles. La gente local siempre agradece el esfuerzo y esto siempre ayuda a romper el hielo.
Desde pequeños siempre nos han enseñado a no confiar en los extraños. Nos dijeron que todo el mundo siempre tiene un segundo propósito. En realidad, no es así, no lo es en absoluto. Es normal que existan los malos, y es así en todas partes, pero son una minoría absoluta. Las personas que encontrarán en su camino les abrirán la puerta de casa, les invitarán a tomar algo, a comer o incluso a dormir en sus habitaciones. Todo esto parece inconcebible para los países occidentales ricos, pero se sabes, a menudo son los que tienen menos los que lo comparten abiertamente con los demás. Se trata precisamente de un problema cultural que induce a creer que en algún momento de nuestra evolución hemos perdido el camino correcto, hacia una especie de individualismo colectivo.
Todo el mundo debería intentar al menos una vez en la vida ser un viajero. Una experiencia catártica capaz de poner todo en tela de juicio.
Descubrirán que son suficientes pocos trapos dentro de una mochila, aire en los pulmones y un gran deseo de vivir para estar impregnados de una sensación de total libertad. Comprenderán lo pequeños e insignificantes que somos en realidad, y al mismo tiempo todos unidos por un hilo invisible que nos conecta entre nosotros y nos hace parte de algo más grande. Se volverán plenamente consciente de que son afortunados y agradecidos por lo que tienen, en lugar de pensar en lo que les falta. Finalmente se darán cuenta de que la vida no es un derecho, sino un privilegio y esto les hará reflexionar sobre quiénes son y sobre quien quieren ser.
Cada evento conduce a una evolución. Así que imaginen lo que puede hacer un viaje de meses. De regreso a casa se darán cuenta que nada habrá cambiado, a ser cambiados serán ustedes. Descubrirán de han crecido, madurado y de mirar el mundo y la realidad que les rodea con ojos nuevos. Lo que antes les parecía importante ahora lo será un poco menos y darán valor a otras cosas. La mayor dificultad será entonces poder conciliar las metas alcanzadas con lo que era la vida antes, sin volver a caer en esos mecanismos capaces de asfixiar el espíritu.
Estoy seguro que algunos estarán pensando: «Sería lindo, pero ¿cómo dejo todo y dónde encuentro el dinero necesario?«. Como he dicho en otras ocasiones, no hay un momento propicio para partir, siempre habrá obstáculos, esto equivale a decir que un momento es tan bueno como otro.
En cuanto al aspecto económico, las opciones son muchas:
– ahorrar el dinero necesario haciendo algunos sacrificios
– trabajar en el extranjero, puede ser por unas horas a cambio de alojamiento y comida o por periodos más largos para luego continuar su viaje
– usar el couch surfing, dormir en el sofá de un desconocido es una buena manera de reducir costos, pero no es cosa adecuada para todos
– crowdfunding, si tienen un proyecto importante también pueden solicitar el apoyo de la comunidad web a través de una recaudación de fondos
Ciertamente soy de la opinión de que en la vida uno debe ser autónomo y autosuficiente. Vivir fuera de la caja y hacer lo que haga feliz está bien. Sin embargo, lo importante es que la libertad individual de uno nunca sea a expensas de la libertad de otra persona.
Me gustaría concluir con una frase que escribí en mi diario al final de mi primer viaje de mochilero (América Latina 2005-2006 junto con Christian y Simone):
“Durante esta aventura fuimos capaces de mantener nuestros corazones y nuestras mentes abiertas y a cambio ganamos todo. Tal vez por primera vez en mi vida no me sentí juzgado por nadie, no importaba lo que llevábamos puesto o si éramos atractivos. La gente estaba interesada a nosotros por lo que teníamos que decir, por lo que realmente éramos, más allá de todas las convenciones y máscaras que usamos todos los días en la vida cotidiana. Bueno, las máscaras cayeron y tuvimos la oportunidad de presentarnos realmente por lo que somos y no por lo que otros se esperan de nosotros.”
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