Vincenzo y Mirtha, mis padres

Más que una «marca» en este caso sería más correcto hablar de «huella», una huella que de alguna manera me dieron mis padres y me hicieron lo que soy hoy.

Incluso antes de cumplir un año ya me habían subido a un avión a otro continente y, hasta el final de la escuela secundaria, casi todos los años regresábamos a Uruguay, a visitar familiares, amigos y ese mundo tan diferente que de alguna manera se habían dejado atrás.

Con ellos recorrí Europa en una camper, aprendiendo primero a apreciar y luego a amar el arte, la cultura y la historia de los distintos países. Obviamente como todo el mundo, yo también pasé por las etapas de la vida, desde el niño caprichoso que está cansado y ya no quiere caminar, hasta el chico consciente de la suerte que tiene al tener una pareja de padres apasionados por los viajes.

Me gusta pensar que de alguna manera esta pasión suya yo la haya heredada. De hecho, cuando tenía solo veinte años, mi padre también había cruzado el océano de mochilero para viajar solo por Europa.

Hasta el día de hoy mis padres siguen viajando muy a menudo. Mi padre nunca pierde la oportunidad de reservar vuelos todo el tiempo sin que mi madre lo sepa, quien al principio lo regaña, pero luego se alegra de irse. Es parte de un gracioso espectáculo a el que todos ya estamos acostumbrados.

Les debo mucho, me enseñaron que el dinero gastado en viajes no se gasta, sino que se invierte, se invierte en emociones y recuerdos que no tienen precio. El dinero va y viene, siempre hay una manera de acumularlo, pero hablando de tiempo el tema es muy diferente, no hay manera de incrementarlo, sólo hay que decidir cómo se quiere usar.

 

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