Nicolas y su familia

Una de las personas más amables y simples que he conocido. Nacido en La Cesira, un pequeño pueblo perdido en medio de la Pampa argentina, donde aún vive hoy en día, Nicolás es el típico buen chico, el que todo el mundo respeta y estima por su cortesía, educación y bondad de su corazón. Después de varios años en el sector agrícola, rama en la que trabaja la mayoría de sus conciudadanos, decidió iniciar su propio negocio abriendo su propia empresa de transporte y convirtiéndose en un empresario exitoso.

Nos conocimos en 2006 durante mi primera aventura de mochilero (América Latina 2005-2006 junto con Christian y Simone). Nicolás había estado atrapado durante varios días en un pueblo de la Patagonia argentina sin poder encontrar la manera de irse. Aunque íbamos más que completos en nuestro minibús decidimos apretarnos un poco más y convencí al conductor de que recogiera a este tipo que hacía dedo al lado polvoriento de la carretera junto con Iván, un amigo suyo. El viaje se caracterizó por una serie infinita de imprevistos y desventuras, pero esto nos dio la oportunidad de vincularnos mucho y seguir juntos parte de nuestro itinerario. Antes de despedirnos de Nicolás, logramos visitar juntos El Chaltén, El Calafate, Perito Moreno, Puerto Madryn y la Península de Valdés.

Las personas que se conocen viajando y con la las cuales se comparte una parte del camino, conquistan para siempre un lugar especial en el corazón. Es como si vivieran en una dimensión etérea entre recuerdos, casi abstractos, como si pertenecieran a la esfera de la fantasía, pero en realidad no hay nada más concreto y tangible.

Después de 8 largos años desde nuestro primer encuentro, Christian y yo acompañados esta vez por Myriam (América Latina 2014 junto con Myriam y Christian), logramos visitarlo en su pueblo, donde la vida fluye pacífica, serena, hecha de valores y donde todo tiene el sabor de una autenticidad perdida. Hablando de lugares como estos, a menudo se cree que los habitantes lleven una vida sencilla, y en parte es cierto, aunque personalmente la vida rural parecía dura, agotadora, lejos de mi idea de «simple». Tuvimos el honor de conocer a toda la familia de Nicolás, que nos recibió y nos mimó con tanto cariño que incluso hoy el solo recuerdo me conmueve. Cómo olvidar la amabilidad de su pareja Eugenia, una chica dulce, pero al mismo tiempo de carácter. Los dos hijos Francisco y Victorio, dos niños increíbles que realmente me impresionaron por su educación. El tío Raúl, un personaje simpatiquísimo que para nosotros ha superado a sí mismo, entre pasta casera y asado. Y finalmente su mamá Lourdes, una mujer especial a la que nos apegamos profundamente de inmediato. Nos hizo de mamá durante sólo unos días, mimándonos con todo tipo de atención, especialmente culinaria, y al momento de despedirnos sus lágrimas por mí fueron como puñaladas en el corazón. Unos meses después también nacerá Octavio, un verdadero mocoso me dice Nicolás, desafortunadamente todavía no he tenido la oportunidad de conocerlo, pero me estoy organizando para remediarlo.





ACTUALIZACIONES: En noviembre de 2019 regresé a visitarlo junto a Myriam y Ariel, a pesar del paso de los años todo parece haberse mantenido inalterado. La vida de la pequeña comunidad siempre fluye tranquila y sin cambios, pero sobre todo el afecto que nos une es tan fuerte que parece que hayan pasado solo unos días desde la última vez que nos vimos. Esta es, de hecho, una condición que caracteriza esas amistades verdaderamente auténticas.
El único detalle que pone ante nuestros ojos el avance inexorable del tiempo son los chicos que han crecido impresionantemente. Obviamente tuve la oportunidad de conocer finalmente a Octavio y Ana, el miembro más nuevo de esta maravillosa familia.






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